¡Ay! ¡La fuente de la juventud... es probablemente solo un mito! El envejecimiento es inevitable, pero en ello cada uno de nosotros puede ser un buen o mal actor. En pocas palabras, envejecer no es una enfermedad, sino ante todo ¡un arte de saber vivir!
Desde hace tiempo sabemos que nuestras costumbres y estilo de vida, principalmente la alimentación y el ejercicio físico, preparan en parte el terreno hacia la vejez. Efectivamente, hay ciertos factores que se nos escaparán siempre, ya que normalmente no tenemos la posibilidad de controlar todos los parámetros del entorno en el que vivimos, ni la de frenar todas las enfermedades.
Desde hace unos años, los esfuerzos personales pueden verse acompañados y apoyados por los progresos científicos del Antienvejecimiento. Basado en los conocimientos más recientes de la fisiología del cuerpo humano, el Antienvejecimiento es una disciplina cuya finalidad es el tratamiento sobre los mecanismos celulares implicados en el fenómeno del envejecimiento.
 
Pues hemos de recordar que el envejecimiento no es una enfermedad, sino un proceso fisiológico que actúa en todas las células del organismo. Nuestras células se renuevan adecuadamente cada vez menos, los programas genéticos que contienen están limitados en el tiempo, lo que genera trastornos en los órganos que los constituyen. A este fenómeno se une la acción del oxigeno, que como su nombre indica, es oxidante y va a generar a nivel celular, la emisión de radicales libres destructores. La piel se arruga, la visión disminuye, así como el oído, se pierde masa muscular, huesos porosos y las capacidades intelectuales se reducen.
El Antienvejecimiento, apoyándose en estos conocimientos científicos a nivel celular, ha desarrollado protocolos de tratamiento muy específicos. De hecho, para todo buen científico, el Antienvejecimiento no puede prometer milagros y su eficacia no sabría sustituir el correcto respeto de las reglas mínimas de higiene.
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